La cocina no siempre llega a nuestras vidas de la misma forma. Hay quienes deciden estudiarla sin conocer realmente lo que implica, y en el camino descubren que este oficio te atrapa, absorbiendo gran parte de tu tiempo y tu vida social. Y también están quienes crecen dentro de ella, viendo desde pequeños cómo funciona, y entonces la elección es más consciente: sabes de antemano lo que significa y lo que puede costar.
Cuando eliges la cocina desde fuera, puedes sentir que de pronto tu vida personal se reorganiza alrededor del trabajo: fines de semana ocupados, horarios invertidos, poco tiempo libre. Cuando vienes desde adentro, desde una infancia rodeada de fogones, hornos y mesas de servicio, no es que sea más fácil, pero sí tienes claro que será un camino que exigirá renuncias.
Como decía Thomas Edison: “El genio es 1% inspiración y 99% transpiración”. Y la cocina encarna exactamente eso: esfuerzo, constancia, horas invisibles que nadie ve pero que se sienten en cada plato. Lo mismo afirmaba Ferran Adrià al decir que “la creatividad requiere el coraje de desprenderse de las certezas”. En este oficio no basta con talento: hay que tener resiliencia para soportar lo que implica entregarse por completo.
Es importante entender que esta es una decisión que te consume de forma distinta. Muchas veces tus amigos no comprenden cómo cambia tu vida: mientras ellos descansan, tú trabajas para que otros disfruten. Cuando buscan divertirse, eres tú quien hace posible la fiesta, pero sin poder participar. Y cuando llega tu hora de salir, la noche ya terminó; la parte más entretenida ya tuvo lugar sin ti.
Además, está la visión económica. Desde afuera se piensa que la gastronomía da mucho dinero, pero pocas veces se dimensiona la realidad. Cuando alguien descubre que un horno profesional puede costar 15.000 dólares, mientras que el de su casa vale apenas 200, empieza a entender que hablamos de ligas diferentes. Una máquina de lavado de vajilla puede superar los 8.000 dólares, pero a la larga es esencial para controlar costos y pérdidas. La inversión en gastronomía es gigante: un restaurante fine dining puede partir en un millón de dólares, mientras que un proyecto más sencillo quizás se arme con 150.000. ¿Se puede montar algo con 15.000? Sí, pero con limitaciones enormes que condicionan el servicio, la propuesta y el crecimiento. Aquí la pasión es indispensable, pero no reemplaza la gestión ni el entendimiento de negocio.
A eso se suma un mito común: escuchar a la gente decir “cuando me jubile pondré un restaurant o un bar”. Quienes trabajamos en esto sabemos que la realidad es muy distinta. Si de verdad supieran lo que implica, jamás lo verían como un pasatiempo para la tercera edad. A la edad de jubilar, uno piensa en descansar, no en empezar un oficio que exige cuerpo, mente y alma al 200%. Es un tremendo sacrificio que, a veces, no aconsejaríamos vivir —aunque lo digamos entre risas.
La compatibilidad entre la vida profesional y la personal depende de cada uno. La cocina es pasión, pero también puede ser un vértice de conflictos. Es común ver familias rotas o disfuncionales cuando uno de los dos en la pareja trabaja en la industria gastronómica. Si ambos comparten el rubro, quizás exista mayor comprensión, pero eso no hace más sencillo el desafío de formar una familia sin carencias afectivas, sin ausencias marcadas por los horarios y la presión del oficio.
Al final, la cocina es un acto de amor y sacrificio. Quien la elige, o quien es elegido por ella, debe entender que no se trata solo de una carrera, sino de una forma de vida. Un oficio que entrega satisfacciones enormes, pero que también pone a prueba nuestras relaciones, nuestra paciencia y nuestra capacidad de equilibrio.
Porque, por mucho cómo llegues a la cocina, el camino siempre será largo… y con mucho sacrificio.
Andrés Gatica Maira
