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Diez años en Jazz; Historia de aprendizajes y cambios

Hablar de Jazz no es hablar solo de un restaurante: es hablar de mi vida, de mi familia, de un lugar que ha marcado a Concepción por más de tres décadas y que también me marcó a mí. Durante 10 años tuve el honor y la responsabilidad de ser parte de su historia, de tomar sus riendas, de intentar aportar mi visión y mi pasión en medio de grandes desafíos y aprendizajes. Hoy, al cerrar este ciclo, quiero compartir lo que significó realmente este camino.

Muchos piensan que heredar un restaurante es sencillo, que basta con continuar lo que ya está hecho. Pero la verdad es muy distinta. Mi paso por Jazz fue todo menos fácil. Desde el primer día me encontré con un choque generacional profundo: un joven que llegaba con ganas de transformar y aportar nuevas ideas, frente a un público y un equipo acostumbrados a una manera de hacer las cosas que llevaba 20 años construyéndose. No fue fácil hacerme escuchar ni menos aún convencer de que los cambios eran necesarios para que el restaurante siguiera vivo y vigente.

En ese camino también estuvo mi propio afán de crecer. Yo sabía que para poder aportar algo distinto al restaurante no bastaba con repetir lo que ya estaba hecho. Tenía que formarme, salir de mi zona de confort, aprender de otros cocineros, ver otras culturas, conocer nuevas técnicas y herramientas que me permitieran traer un aire fresco a Concepción. Por eso tomé la decisión de seguir estudiando, de viajar, de capacitarme en Chile y fuera del país, con la convicción de que cada experiencia me haría volver más preparado, más completo, más capaz de darle un giro real a Jazz.

Pero ese camino de crecimiento personal tuvo un costo enorme. Cada vez que me ausentaba, aunque fuese por semanas o meses, tenía la sensación de que el restaurante retrocedía. Como si todo lo avanzado se estancara de golpe. Era frustrante volver con nuevas ideas, con la cabeza llena de proyectos, y ver que la realidad del día a día se resistía al cambio. Era como remar contra la corriente: mientras yo avanzaba hacia adelante, Jazz se quedaba detenido entre lo nuevo y lo antiguo.

Esa fue quizás una de las luchas internas más duras que viví. Por un lado, la certeza de que debía crecer, de que era mi responsabilidad como profesional y como persona formarme lo más posible. Y por otro, la angustia de sentir que en ese mismo proceso el restaurante no siempre lograba sostener el impulso de cambio que tanto necesitaba. Había momentos en que me preguntaba si realmente estaba haciendo lo correcto, si no estaba dejando atrás lo que con tanto esfuerzo se había construido.

Sin embargo, con el tiempo entendí que ese sacrificio era necesario. Porque sin esas salidas, sin esas experiencias, sin ese aprendizaje, tampoco habría tenido la fuerza ni las herramientas para intentar transformar Jazz. El precio fue alto: vivir esa contradicción entre avanzar y retroceder, entre crecer yo y sentir que el restaurante se quedaba anclado. Pero también fue lo que me forjó, lo que me enseñó a valorar cada paso, cada logro, y a entender que mantener vivo un proyecto con historia exige más que talento: exige paciencia, sacrificio y convicción.

Luego vino la pandemia, que nos golpeó como a todos. Cerrar las puertas fue doloroso, y tomar la decisión de desvincular a todo el equipo, una de las decisiones más difíciles de mi vida. Cuando volvimos a abrir, no todos creyeron en el proyecto y algunos decidieron partir. Eso me marcó profundamente. Escuchar un “no creo en ti” duele, pero al mismo tiempo me dio fuerzas para demostrar que sí, que el proyecto tenía sentido, que la visión estaba clara y que el trabajo, aunque costara, valía la pena.

Hoy, después de 10 años intensos, cierro este ciclo. No porque haya sido un fracaso, sino porque la vida sigue y los caminos cambian. Jazz cumple 31 años y sigue adelante, firme, con historia y con futuro. Yo me voy con el corazón lleno: de aprendizajes, de orgullo y de gratitud. Orgullo por haber aportado mi sello, gratitud por quienes me acompañaron en los momentos más duros, y por haber sido parte de un lugar que quedará siempre en la memoria de Concepción.

Mi destino ahora sigue en lo que realmente me mueve: la pastelería, el mundo dulce y los proyectos que vienen. Jazz queda en buenas manos y yo sigo con la convicción de que estos años fueron parte fundamental de mi historia, de mi crecimiento y de lo que soy hoy.

Andrés Gatica Maira